La gran “mentira” universitaria 

No voy a empezar mintiendo: nunca he sido un buen estudiante. Desde pequeño quise ir a la universidad, aunque todavía no tengo muy claro por qué. Recuerdo a mi madre animándome a marcharme de España para vivir solo. Años después lo hice gracias al Erasmus. Quizás todo empezó ahí, más que estudiar, quería probar cosas nuevas. 

Aprobaba lo justo y descarté rápidamente plantearme qué estudiar. En segundo de Bachillerato eché también la matrícula para cursar una Formación Profesional. Mi objetivo era hacer una carrera, pero como había repetido curso, tenía que tener la espalda cubierta “por si acaso”. Al menos eso me dijeron algunos profesores, que no debieron verme con demasiadas posibilidades. “Ya verás cuando llegues qué haces”, pensé. 

Finalmente aprobé todo. Y la Historia, que ya me había llamado la atención un par de cursos antes, se cruzó en mi camino. Con una nota de corte de 5, el match parecía perfecto. Ella no pedía mucho y yo tampoco podía ofrecer demasiado. 

Después de hacer la EVAU, descubrí que tenía nota suficiente para estudiar Periodismo en la UCM. Siempre me había llamado la atención. Soy el típico al que le picó el gusanillo con el deporte, seguramente por no tener la capacidad de dedicarme a él profesionalmente. Como tantos otros, quise contar lo que no podía protagonizar. 

Con el paso de los años fui descubriendo otras facetas de la profesión. Para alguien a quien pocas cosas convencen al cien por cien, sentirme identificado con la comunicación era casi un milagro. Hablar, escribir, contar. Eso sí me encajaba. 

Con la mochila cargada de ilusión llegué a un primer curso marcado por las clases online, la ausencia de presencialidad y la dificultad de relacionarme con mis compañeros. La universidad soñada se parecía más a una videollamada eterna que a una película americana. 

La teoría, que pensé que sería pasajera, ocupó el 95% de nuestras labores universitarias. “Es el primer año, date con un canto en los dientes por haber hecho alguna entrevista en la calle”, me repetía. La edición de vídeo, la fotografía o el periodismo especializado ya llegarían. Paciencia. 

Pero los años pasaban y la teoría seguía siendo el grueso de las asignaturas. El reporterismo real, los trabajos de investigación o las exigencias modernas como el uso profesional de redes sociales brillaban por su ausencia. Debía saber cómo debía resolverse un conflicto diplomático internacional, pero no cómo montar una pieza audiovisual decente en menos de una hora. 

Mi año fuera de España tampoco ayudó demasiado a nivel académico. Perdí la oportunidad de cursar Radio, una de las asignaturas que más me llamaba la atención, por estar en Italia. A cambio, colaboré como redactor en algunas webs y participé en radios locales. Sin cobrar, por 

supuesto. El periodismo te enseña la precariedad desde el prólogo, engaña solo a quien quiere ser engañado. 

Hasta el último curso no tuve acceso real a programas de edición, y siempre con un tiempo tan limitado que era imposible salir con soltura profesional. El primer telediario, el primer reportaje serio, la especialización… todo llegaba tarde, justo cuando empezabas a optar a prácticas algo azarosas. En mi caso, llegaron meses después de solicitarlas. 

Aprendí poco relacionado con el periodismo en aquella agencia de publicidad y marketing donde hice prácticas. Me trataron de forma fabulosa, pero salí con la sensación de que, si me habían seleccionado, era porque lo que yo cobraba era bastante menos de lo que la empresa recibía de subvención por mí. Primera lección práctica de economía aplicada. 

Antes de acabar la carrera, gracias a escribir a todo el mundo sin demasiada vergüenza, encontré trabajo como redactor en Flashscore, a jornada parcial y como freelance. Llegó a mi vida la condición de autónomo, algo impensable durante la carrera. No sabía ni que esa casilla existía en el formulario de la realidad. 

Conocí un CMS de verdad, dejé WordPress a un lado, me formaron en SEO y aprendí, o empecé a aprender, a escribir mejor. Me queda muchísimo camino, pero la práctica hace al maestro. Sin el trabajo diario y las correcciones de compañeros con más experiencia, habría sido imposible mejorar por mucho que saliera de la universidad creyendo que mi técnica era impoluta. 

Con mi carrera profesional todavía en pañales y en aprendizaje constante, he tenido tiempo de reflexionar sobre mis cuatro años en la UCM. 

Actualmente busco trabajo. Salí de la carrera con empleo, sí, pero también con carencias evidentes. Y ahí aparece la gran “mentira” universitaria: nos venden que el título es el puente directo al mercado laboral, cuando en muchos casos es solo el peaje de entrada. 

Las instituciones públicas siguen sin dotar a algunos grados de herramientas prácticas suficientes para competir ahí fuera. Sin haber tocado un programa de Adobe en profundidad, descubres que el gran porcentaje de las ofertas lo exige. Pero eso sí, estás preparado para analizar un tratado de paz entre Israel y Palestina en quince folios o para memorizar textos interminables acompañados de PowerPoints fechados en 2004 que, en pleno 2024, siguen proyectándose con un orgullo casi arqueológico 

No escribo esto desde el rencor, sino desde la responsabilidad. La universidad me dio pensamiento crítico, contexto histórico y capacidad de análisis. Pero el mercado me pidió manejo de herramientas, rapidez, adaptación y resultados medibles. 

Y esa diferencia, nadie me la explicó el primer día. Quizás la mentira no sea que la universidad no sirva. Quizás la mentira sea creer que basta. 

Porque, al final, el título no te hace periodista. Te da permiso para intentarlo. Equivocarte, insistir y escribir cien veces mal hasta escribir una bien ocurre fuera del aula. 

Y eso, curiosamente, es lo más honesto que aprendí. 

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